¿Qué hace
que una persona, en cualquier lugar del tiempo, del espacio, sea recordado
siempre? Es decir, se convierta en leyenda. Generalmente es por sus hazañas,
diferentes, ante lo mismo, que los demás. No tiene la enorme habilidad para el
fútbol como un Messi; ni el frío cálculo de un talento como Cristiano; ni
tantas características de destaque futbolístico; tiene algo sencillo que atrae
en admiración: su lucha, como un bravo jabato, por un balón. Los comentaristas,
prácticamente todos, dicen: “nunca da por perdida una pelota”; por ello
conmueve, se le admira; en su sencillez como persona, como jugador. Esto no
oculta que le hayan votado del campo no pocas veces, que por humano suelta
también su indignación ante la injusticia de un arbitraje.
Aun en los peores momentos de un partido,
cuando la lucha ya es ilógica, es inútil por ir perdiendo por mucho a un minuto
del final; allí está, en una esquina del rectángulo, frente a varios rivales,
tratando de pasar, para la llegada solitaria a la meta, para el pase…
Para qué
esperar para decírselo en su funeral, en el cementerio, que eso está muy lejos
en el tiempo; tiempo que quizás no tengan sus admiradores.
Es un paradigma
en su dimensión, en su categoría; el público no quiere verlo retirarse, aunque
se siga pensando que un deportista del fútbol está acabado apenas pasados los
treinta; lo que es falso, cada vez más, con la nueva ciencia para el
deportista; porque los humanos viven cada vez más; cada vez más tiempo son
jóvenes. Por supuesto, cada quien es amo de sus decisiones.
Ya algún
escritor peruano, hará una novela de su vida deportiva; un ciudadano sencillo,
un jugador de fútbol con el coraje de
los jabatos de las selvas peruanas.
Una sociedad
que no honra a sus campeones, un pueblo que no lo hace, conociendo de sus
esfuerzos ante los superiores, entonces, no es una buena sociedad, no es un
buen pueblo.
Ω


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